El capitalismo y la influenza

junio-julio de 2009 | página 4

MIKE DAVIS, cuyo libro The Monster at Our Door, 2006, previno de la amenaza global de una pandemia de la gripe aviar, explica como la agro-industria mundial es la responsable del temido brote del virus H1N1 en México.

ESTE AÑO, las multitudes vacacionistas primaverales retornaron de Cancún con un invisible, pero siniestro suvenir.

La gripe porcina, una quimera genética probablemente concebida en el fango fecal de una cloaca industrial, subitáneamente amenaza con dar al mundo entero una fiebre. Los primeros brotes en América del Norte revelan una tasa de infección viajando ya a una mayor velocidad que la última pandemia gripal, iniciada en Hong Kong en 1968.

Robándole protagonismo a nuestro último asesino oficial, el cambiante virus H5N1 conocido como gripe aviar, el virus porcino representa una amenaza de desconocida magnitud. Ciertamente, parece menos letal que el SARS [Síndrome Respiratorio Agudo, por sus siglas en inglés] de 2003, pero que como influenza puede ser más duradera que el SARS, y menos proclive a retornar a su cueva secreta.

Dado que las domesticadas gripes estacionales de tipo A matan tanto como a un millón de personas al año, incluso un modesto incremento de la virulencia, especialmente si va combinada con una elevada incidencia, podría producir una carnicería equivalente a una guerra mayor.

Mientras tanto, una de sus primeras víctimas ha sido la consoladora fe, largamente predicada por la Organización Mundial de Salud (OMS), en la posibilidad de contener las pandemias con respuestas inmediatas de las burocracias sanitarias e independientemente de la calidad de la sanidad pública local.

Desde las primeras muertes por H5N1 en 1997, en Hong Kong, la OMS, con el apoyo de la mayoría de servicios nacionales de salud, ha promovido una estrategia centrada en la identificación y el aislamiento del a cepa pandémica en su radio local de brote, seguido de una administración masiva de drogas antivirales y --si disponibles-- vacunas a la población.

Una legión de escépticos ha certeramente criticado este enfoque de contrainsurgencia viral, señalando que los microbios pueden ahora volar alrededor del mundo --casi literalmente en el caso de la gripe aviar-- mucho más rápidamente de lo que la OMS o los funcionarios locales puedan llegar a reaccionar al brote original. Esos expertos han observado también el carácter primitivo, y a menudo inexistente, de la vigilancia de la interfaz entre las enfermedades humanas y las animales.

Pero el mito de una audaz, preventiva (y barata) intervención contra la gripe aviar ha resultado valiosísimo para los países ricos que, como EEUU y el Reino Unido, los cuales prefieren invertir en sus propias líneas biológicas de defensa antes que fuertemente incrementar la ayuda a los frentes epidémicos de ultramar --al igual que para las grandes transnacionales farmacéuticas, batallando sin cuartel las exigencias de los países en vía de desarrollo que promueven la producción pública de claves antivirales genéricos como Tamiflu, patentado por Roche.

La gripe puede probar que las versiones de preparación anti-pandémica de la OMS y la de los centros de control de enfermedades (CCE) --sin nuevas y masivas inversiones en vigilancia, infraestructura científica y regulatoria, salud pública básica y acceso global a fármacos vitales- pertenecen a la misma categoría de gestión de riesgos "ponzificados", como los derivativos de AIG o las seguridades de Madoff.

No es que los sistemas de alerta hayan fallado, sino de que mostraron ser inexistentes, incluso en América del Norte y la Unión Europea.

Tal vez no sea sorpresa que México carezca de la capacidad y la voluntad política para monitorear enfermedades avícolas y ganaderas, y su impacto en la salud pública, pero difícilmente la situación es mejor al norte de la frontera, donde la vigilancia se deshace en un enmarañado mosaico de jurisdicciones estatales y donde las grandes empresas agropecuarias lidias con las regulaciones sanitarias con el mismo desprecio con que suelen tratar a los trabajadores y a los animales.

Similarmente, una década de advertencias por parte de los científicos fracasó en garantizar la transferencia de tecnología viral experimental a los países situados en las más probables rutas pandémicas. México cuenta con expertos sanitarios de reputación mundial, pero tiene que enviar las muestras a un laboratorio de Winnipeg para descifrar el genoma de la cepa. Así se perdió toda una semana.

Pero nadie estuvo menos alerta que las legendarias autoridades de control de enfermedades de Atlanta. De acuerdo con el Washington Post, su CCE no se percató del brote hasta seis días después de que México hubiera empezado a imponer medidas de urgencia. De hecho, el Washington Post reportó que "los oficiales de la salud pública en Estados Unidos están aún profundamente en la obscuridad en relación a los que está ocurriendo en México, dos semanas después de que el brote fuera reconocido".

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NO HAY excusa que valga. De hecho, la paradoja central del pánico creado por la gripe porcina es que aun si fue inesperada, había sido pronosticada con gran precisión.

Hace seis años, la revista Science consagró un gran artículo para poner en evidencia que "tras años de estabilidad, el virus de la gripe porcina norteamericano ha saltado a una línea de evolución acelerada".

Desde su identificación durante la Gran Depresión, el virus H1N1 de la gripe porcina había sólo experimentado una ligera variación de su genoma original. Luego, en 1998 el infierno se desató.

Una cepa altamente patógena comenzó a diezmar cerdos en una granja de Carolina del Norte, y desde entonces, año tras año, nuevas y más virulentas cepas comenzaron a surgir, incluida una variante del H1N1 que contenía los genes internos del H3N2 (causante de la otra gripe de tipo A que se contagia entre humanos).

Los investigadores entrevistados por Science se mostraban preocupados por la posibilidad de que una de esas cepas virales híbridas pudiera convertirse en un virus de influenza humana (se cree que las pandemias de 1957 y de 1968 fueron causadas por una mezcla de genes aviares y humanos fraguada al interior de organismos porcinos). También urgían a la creación de un sistema oficial de vigilancia para la gripe porcina: a esta advertencia, huelga decirlo, Washington le prestó oídos sordos, mientras derrochaba miles de millones de dólares en fantasías bioterroristas.

¿Pero qué causó la aceleración evolutiva del virus de la gripe porcina? Probablemente los mismo que favoreció la reproducción del virus aviar.

Hace mucho que los virólogos creen que el sistema de agricultura intensiva de la China meridional --inmensamente productivo en arroz, pescado, ceros y aves domésticas y salvajes- es el principal vector de la mutación gripal: tanto de la "variación" estacional como del episódico "cambio" genómico.

Pero la industrialización corporativa de la producción agropecuaria ha roto el monopolio natural chino de la evolución de la gripe. El sector agropecuario se ha visto transformado en estas últimas décadas en algo que se parece más a la industria petroquímica que a la idílica granja familiar pintada por los libros de texto escolares.

En 1965, por ejemplo, había en Estados Unidos 53 millones de cerdos repartidos entre más de un millón de granjas; hoy, 65 millones de cerdos se concentran en 65.000 instalaciones, con más de la mitad mantenidos en gigantescas porquerizas con cinco mil, o más, cerdos.

Eso ha significado pasar de la vieja pocilga a monumentales infiernos fecales, en los que entre estiércol y el sofocante calor se hacinan decenas o cientos de miles de animales con debilitados sistemas inmunológicos, prestos a intercambiar agentes patógenos a la velocidad del rayo.

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CUALQUIERA QUE haya manejado por Tar Heel en Carolina del Norte o Milford en Utah --donde las subsidiarias de Smithfield Foods faena cada una un millón de cerdos al año, produciendo cientos de pozos llenos excremento tóxico- intuitivamente entenderá que tan profundamente la agroindustria a interferido con las leyes de la naturaleza.

El año pasado, una distinguida comisión convocada por el Centro de Investigación Pew publicó un informe sobre la "producción animal en granjas industriales", en donde se destacaba el agudo peligro de que "la continua circulación de virus (...) en enormes rebaños o bandadas incremente las oportunidades de aparición de nuevos virus por medio de eventos de mutación o recombinación que podrían resultar en cepas virales más eficientes en transmitirse entre humanos".

La comisión también alertó que el promiscuo uso de antibióticos en las factorías porcinas --una alternativa más barata que sistemas de alcantarillado o ambientes más humanos-- estaba propiciando el auge de infecciones estafílocóquicas más resistentes, mientras que los vertederos de aguas servidas generaban brotes de e-coli y de pfiesteria (el protozoo que ha matado mil millones de peces en los estuarios de Carolina y contagiado a docenas de pescadores).

Cualquier mejora en la ecología de este nuevo agente patógeno tendrá que confrontarse con el monstruoso poder de los grandes conglomerados empresariales avícolas y ganaderos, como Smithfield Foods y Tyson. La comisión, encabezada por el ex gobernador de Kansas John Carlin, reportó de una obstrucción sistemática a sus investigaciones por parte de las corporaciones, incluyendo amenazas abiertas de suprimir la financiación de los investigadores que cooperaran con la comisión.

Más aún, ésta es una industria altamente globalizada, con fuertes influencias políticas. Así como el gigante avícola Charoen Pokphand, radicado en Bangkok, fue capaz de desbaratar la investigación de su papel en la propagación de la gripe aviar en el sureste asiático. Probablemente la epidemiología forense del brote de gripe porcina se dé de bruces contra la pétrea muralla de la industria del cerdo.

Eso no quiere decir que no vaya a encontrarse una pistola humeante: ya corre el rumor en la prensa mexicana de un epicentro de la gripe situado en torno a una gigantesca filial de Smithfield en el estado de Veracruz.

Pero lo más importante --sobre todo por la persistente amenaza del virus H5N1-- es el bosque, no los árboles: la fracasada estrategia anti-pandémica de la OMS, el progresivo deterioro de la salud pública mundial, la mordaza aplicada por las grandes transnacionales farmacéuticas a medicamentos vitales y la catástrofe planetaria de la industrial y ecológicamente desquiciada producción agropecuaria.

Traducido por Marta Domènech y María Julia Bertomeu para www.sinpermiso.info

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