¿Todos comenzamos igual?
Mitos sobre la inmigración

octubre-noviembre de 2011

ESTE ARTÍCULO apareció primero como el capítulo "Ya que todos somos descendientes de inmigrantes, todos comenzamos en igualdad de condiciones" del libro ¡Nos quitan nuestros trabajos! de Aviva Chomsky, profesora en Salem State University y activista por los derechos de los inmigrantes. En su libro, traducido y publicado por Haymarket Books (haymarketbooks.org), en Chicago, ella desmantela los veinte mitos y creencias anti-inmigrantes más comunes.

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LOS ETADOS UNIDOS han incorporado poblaciones nuevas mediante inmigraciones voluntarias, por inmigraciones involuntarias, y por conquistas. Afirmar que se trata de una nación de inmigrantes oscurece las últimas dos categorías de adquisiciones poblacionales. Incluso la inmigración voluntaria incluye a personas sin derechos: los trabajadores contratados o braceros. Cuando las personas comparan la inmigración actual con la de generaciones previas, generalmente lo hacen con los blancos europeos llegados como inmigrantes voluntarios siglos atrás --el grupo privilegiado desde el principio.

Los inmigrantes de color tienen muchas características comunes con los que se incorporaron por la fuerza al país, incluyendo nativos americanos, afroamericanos, mexicanos y puertorriqueños. En los estudios étnicos se utiliza el término "colonialismo interno" o "minorías colonizadas" para explicar la manera como las personas de color han sido incorporadas a los Estados Unidos. Los latinoamericanos y los asiáticos están ingresando en una sociedad que históricamente se ha definido contra sus ancestros y mediante la conquista de sus ancestros. Las costumbres, creencias y leyes construyeron a las personas de color como súbditos en vez ciudadanos y las admitieron o excluyeron de acuerdo con las necesidades de los empleadores. Esas costumbres, creencias y leyes siguen teniendo influencia en el siglo XXI.

Los Estados Unidos han incorporado poblaciones nuevas mediante inmigraciones voluntarias, por inmigraciones involuntarias, y por conquistas. Afirmar que se trata de una nación de inmigrantes oscurece las últimas dos categorías de adquisiciones poblacionales. Incluso la inmigración voluntaria incluye a personas sin derechos: los trabajadores contratados o braceros. Cuando las personas comparan la inmigración actual con la de generaciones previas, generalmente lo hacen con los blancos europeos llegados como inmigrantes voluntarios siglos atrás --el grupo privilegiado desde el principio.

Los inmigrantes de color tienen muchas características comunes con los que se incorporaron por la fuerza al país, incluyendo nativos americanos, afroamericanos, mexicanos y puertorriqueños. En los estudios étnicos se utiliza el término "colonialismo interno" o "minorías colonizadas" para explicar la manera como las personas de color han sido incorporadas a los Estados Unidos. Los latinoamericanos y los asiáticos están ingresando en una sociedad que históricamente se ha definido contra sus ancestros y mediante la conquista de sus ancestros. Las costumbres, creencias y leyes construyeron a las personas de color como súbditos en vez ciudadanos y las admitieron o excluyeron de acuerdo con las necesidades de los empleadores. Esas costumbres, creencias y leyes siguen teniendo influencia en el siglo xxI.

Los Estados Unidos comenzaron a existir cuando los ingleses iniciaron la conquista de las tierras habitadas por los nativos americanos. Desde el primer asentamiento inglés hasta 1898, la ideología de la conquista y de las aptitudes de los ingleses o de sus descendientes para gobernar a otros, fueron virtualmente incuestionables entre los líderes. En la década de los 90 del siglo xIx, los comentaristas solían hablar desvergonzadamente de la capacidad excepcional de la "raza anglosajona" para gobernarse a sí misma y de su necesidad de expansión. "La raza anglosajona --escribió en 1898 un columnista de Atlantic Monthly-- ocupa ahora el lugar más destacado en el mundo (... ). Se sitúa como la mejor en cuanto a sus ideas e instituciones; es el tipo de civilización más alta (...). Nuestros propios y mejores intereses exigen imperativamente que la raza anglosajona continúe ocupando cada metro de la tierra que hoy día domina con justicia, donde sea que lo haga; procuremos por todos nuestros medios incrementar la influencia anglosajona y la extensión de sus posesiones".

El historiador y filósofo John Fiske habló en nombre de muchos al enfatizar la naturaleza netamente inglesa de los Estados Unidos: "El indomable espíritu de la libertad inglesa es igual de indomable en todas las tierras en las que un hombre inglés se ha instalado como dueño", escribió. "La conquista del territorio continental norteamericano por los hombres de raza inglesa fue, incuestionablemente, el hecho más prodigioso en los anales políticos de la humanidad". La revolución americana "no fue una lucha entre dos pueblos diferentes", sino "mantenida por una parte de las personas inglesas en defensa de los principios que el tiempo ha demostrado que son igualmente deseados por todos". De hecho, la Revolución "le aclaró a un mundo asombrado que en vez de una, había ahora dos Inglaterras, ambas igualmente preparadas a trabajar a más no poder para la regeneración política de la humanidad".

Además, la raza anglosajona estaba destinada a migrar: de hecho, debido a que era la superior, su migración sería la salvación de todos los lugares donde se instalara. La migración de la raza anglosajona, desde luego, no implicaba asimilación sino dominación. Como dijo en 1888 Josiah Strong, secretario de la Congregational Home Missionary Society (Sociedades Misioneras Nacionales Congregacionalistas) en su influyente libro Our Country (Nuestro país): el anglosajón "tenía un instinto o un genio para la colonización. Su energía sin igual, su perseverancia indomable y su independencia personal lo han hecho un pionero. Supera a todos los demás en su capacidad de abrirse paso hacia nuevos países". Como "la civilización más alta, que ha desarrollado características especialmente calculadas para imponer sus instituciones sobre toda la humanidad", la raza anglosajona "se propagará alrededor de la tierra".

"Esta poderosa raza se movilizará hacia México, hacia el centro y el sur del continente americano, hacia las islas en el océano, cruzará hasta África y más allá. ¿Hay alguna duda de que el resultado de esta competencia entre razas será 'la sobrevivencia del más apto'?" Los anglosajones, entonces, supuestamente debían migrar y conquistar a todo el que se encontraran en el camino. Los no anglosajones debían "aceptar el destino" y ser conquistados a menos que los anglosajones decidieran trasladarlos para utilizarlos como fuerza laboral.

El anglosajonismo justificó la expansión imperial de los Estados Unidos; también nutrió el racismo contra los inmigrantes europeos del sur y del este que en ese entonces estaban llegando al país. Ambos racismos estaban entrelazados, pero no eran idénticos: los inmigrantes europeos se encontraban "en el medio", identificados de manera "semi-racial". A los italianos los llamaban "guineanos" --haciendo referencia de manera peyorativa a su supuesta cercanía con África--; los "hunos" y los eslavos eran casi considerados asiáticos. Entre 1910 y 1930, sin embargo, todas estas personas "se volvieron blancas" como parte del mismo proceso que reiteró la exclusión de quienes nunca podrían volverse blancos. Cuando en los años 20 se implementaron las cuotas nacionales para la inmigración, curiosamente el Hemisferio Occidental no fue incluido en los cálculos, y no porque los mexicanos fueran considerados ciudadanos potenciales de los Estados Unidos. Todo lo contrario: fueron omitidos de la legislación exclusiva porque las industrias agropecuarias del sudoeste dependían de su fuerza laboral, así como también de su estatus de "menos que ciudadano".

Los mexicano-americanos fueron incorporados por primera vez con la anexión de Texas en 1845, y luego con el Tratado Guadalupe-Hidalgo, que clausuró la Guerra Mexicano-Americana de 1848 y otorgó a los Estados Unidos el 55% del territorio vecino. Antes de las reformas de la década de los 60 del siglo xIx, la ciudadanía se reservaba a las personas blancas. Aún así, Guadalupe-Hidalgo ofreció la ciudadanía a los mexicanos que vivían en los territorios recién adquiridos. ¿Cuál era la lógica de concederles la ciudadanía a estas personas recién conquistadas? Por un lado, la anexión integró muy cuidadosamente las áreas menos pobladas de México, dejando a un lado las de mayor concentración poblacional. Había entre 80,000 y 100,000 mexicanos en los territorios tomados en 1848, además de un número desconocido de nativos americanos.

De acuerdo con la visión racista anglosajona del mundo, los mexicanos eran una anomalía: ni blancos, ni negros, ni indios, ni asiáticos. Al otorgarles la ciudadanía, a los mexicanos se les aceptó tácitamente como blancos, a pesar del hecho de que poco antes habían sido conquistados bajo el fundamento de la expansión anglosajona y del Destino Manifiesto. "La raza de mexicanos aquí se está volviendo una mercancía inútil", escribió el periódico Galveston Weekly News en 1855. Los linchamientos, la "justicia vigilante" --es decir, los grupos privados que toman la justicia por su mano-- y las ocupaciones de terrenos confirmaron la perspectiva racista de los anglos hacia los mexicanos.

La confusión oficial sobre el carácter racial de los mexicanos se exacerbó durante la década de los 20, cuando a las personas de ascendencia mexicana que vinieron a los Estados Unidos como inmigrantes se les permitía naturalizarse, a diferencia de los asiáticos. En 1929, el Secretario de Trabajo explicó: "Las personas mexicanas son de una estirpe tan combinada y los individuos tienen tan poco conocimiento de su composición racial, que le resultaría imposible hasta al más capacitado y experimentado etnólogo o antropólogo clasificar o determinar su origen racial. Por lo tanto, hacer el esfuerzo de excluirlos de ser admitidos o de recibir la ciudadanía por su estatus racial es prácticamente imposible".

Los mexicano-americanos aprendieron, como los afroamericanos muchas décadas antes, que la ciudadanía no garantizaba la igualdad de derechos. Social y legalmente, estos nuevos ciudadanos no angloamericanos ocupaban un estatus de segunda clase. Y también como los afroamericanos, se les excluía de ciertos trabajos, de escuelas, de servicios públicos, de comprar tierras y de las áreas residenciales. Como ha escrito David Gutiérrez, "a dos décadas de la conquista estadounidense se había vuelto claro que, con ciertas excepciones, a los mexicano-americanos se les había relegado a una posición estigmatizada y subordinada en la jerarquía social y económica".

Aunque parezca extraño, antes de la década de los 20 la nueva frontera entre México y los Estados Unidos era abierta y sin controles. La inmigración y las leyes que la gobernaban se referían a quienes llegaran por la vía marítima a Nueva York o California. Desde comienzos del siglo xIx ciudadanos blancos estadounidenses habían estado migrando indocumentadamente a Texas y otros lugares de México. De hecho, los inmigrantes anglosajones de Texas se rebelaron contra el gobierno mexicano para declarar la República de Texas. Y los ciudadanos estadounidenses entraron sin permiso a México para luchar en la guerra mexicano-americana. Los angloamericanos que migraron a México durante esa época se veían a sí mismos como colonizadores. Su objetivo era conquistar, no asimilarse a su nueva tierra. "Texas debería ser total y efectivamente americanizada" --escribió Stephen Austin en 1835--"en cuanto a lenguaje, principios políticos, origen común, simpatía y aun intereses".

El desarrollo de la minería, de la industria agropecuaria, y de los ferrocarriles en el norte de México y el oeste de los Estados Unidos fue una empresa compartida: el capital estadounidense operaba a ambos lados de la frontera y los mexicanos se movilizaban de un lado a otro con bastante fluidez. Un ferrocarril transfronterizo, terminado en 1890, facilitó aún más el movimiento. "Los inspectores de inmigración ignoraban a los mexicanos que ingresaban por el sudoeste de los Estados Unidos durante 1900 y 1910" porque el gobierno estadounidense "no consideraba seriamente a la inmigración mexicana en su total dimensión". Sólo a principios de 1919 los mexicanos debieron comenzar a ingresar formalmente por un punto de inspección y requerir un permiso.

El reclutamiento de trabajadores en México no se inhibió por la Ley sobre Trabajadores Contratados de 1885, que prohibía el reclutamiento de extranjeros. Como otras medidas restrictivas, apuntaba principalmente a europeos y chinos. De hecho, la Ley de Exclusión de Chinos y la prohibición de reclutamiento de trabajadores extranjeros llevaron a los contratistas a reclutar activamente, por primera vez, a trabajadores mexicanos del interior de México. Ahora los trabajadores mexicanos en los Estados Unidos no provenían simplemente de la ya fluida e integrada región fronteriza. Se estableció entonces un verdadero torrente de migrantes del interior de México al interior de Estados Unidos, incluyendo áreas de la región central como Kansas y Chicago.

La Ley de Inmigración de 1917, que imponía la alfabetización como requisito para entrar a los Estados Unidos y fijó un impuesto per cápita para cada inmigrante, también creó regulaciones explícitas para que a los mexicanos se les exceptuara de esta ley, de manera que los intereses de la agricultura y la ganadería del sudoeste pudieran continuar importando trabajadores temporales. Fue el primer programa de "trabajadores temporales" e ilustra la enmarañada red de la legalidad inmigratoria. Se sostuvo hasta 1922.14 La fuerza laboral migrante puertorriqueña también se reforzó en 1917, con la concesión unilateral de la ciudadanía a los habitantes de la isla.

Aun cuando la Ley de Cuotas Nacionales de 1924 no restringió numéricamente la inmigración mexicana, sí produjo un cambio fundamental en la manera como sería manejada en el país. En vez de una frontera básicamente abierta y de una actitud acogedora hacia los inmigrantes --incluyendo los mexicanos, considerados nominalmente "blancos" y por lo tanto elegibles para obtener la ciudadanía--, la ley de 1924 cerró la frontera y demandó escudriñar a cada inmigrante potencial. Creó dos nuevas características de nuestra política inmigratoria que hoy parecen ser naturales: la Patrulla Fronteriza y la deportación. Durante el proceso, también creó la categoría de "inmigrantes ilegales".

Antes de 1924, los inmigrantes podían ser deportados por cometer ciertos crímenes, pero con una frontera abierta no existía el fenómeno del ingreso ilegal ni el concepto del inmigrante "ilegal". La ley de 1924 convirtió el "ingreso ilegal" en un crimen y creó un nuevo cuerpo policial, la Patrulla Fronteriza, para prevenir y penar la inmigración "ilegal". La ley, entonces, creó una nueva categoría de persona, ni ciudadano ni inmigrante: el "ilegal" cuya presencia en el país se convertiría en un crimen. Se trataba de personas completamente sin derechos. Y casi todos eran mexicanos, personas de raza indefinida a quienes, por lo tanto, no se les podía denegar la ciudadanía ni excluirlos con argumentos raciales. Ahora había un nuevo fundamento para excluirlos.

Las exclusiones raciales para obtener la ciudadanía se suprimieron en 1952 y el Congreso revisó las cuotas de orígenes nacionales en 1965. La segregación legalizada y la ciudadanía de segunda clase basadas en la raza se desmantelaron a nivel federal durante las décadas de los 50 y 60. Pero la Patrulla Fronteriza, el cuerpo policial encargado de la deportación y el concepto de "inmigrante ilegal" llegaron para quedarse. Los mexicanos se volvieron la fuerza laboral sometida por excelencia, sobre todo para trabajos temporales en el sector agrícola. Los empleadores y el gobierno podían controlar perfectamente los suministros de mano de obra: primero abriendo y cerrando las fronteras; luego deportando a los trabajadores cuando terminaba la temporada o comenzaba una depresión. Más de 400,000 personas de origen mexicano fueron deportadas a principios de 1930, el 60% de ellos ciudadanos estadounidenses.

El Programa Bracero de 1942 reafirmó que los mexicanos servían para ser importados y exportados de acuerdo con las necesidades de la agroindustria estadounidense, en vez de ser considerados personas con derechos. Uno similar, el Programa de las Antillas Británicas, trajo a trabajadores temporales del Caribe a laborar en la agricultura de la costa este desde 1943 hasta 1952. La revisión en 1952 de las políticas inmigratorias creó incluso otro método para traer a trabajadores temporales: el Programa H-2. Este fue dividido más adelante en H-2A para los trabajadores agrícolas y H-2B para otros trabajadores temporales o trabajadores golondrina: ambos continúan vigentes hoy. Debido a que los agricultores de la costa oeste tenían otros sistemas en funcionamiento, el H-2 se utilizó principalmente en el sector agrícola de la costa este. En 1999, casi la mitad de las 30,000 personas a quienes se les había otorgado la visa H-2 trabajaban en el sudeste, sobre todo en las plantaciones de tabaco. Los estados que más hacían uso del programa eran Carolina del Norte (era el rey: más de 10,000 trabajadores H-2), Georgia y Virginia.

Al inicio el H-2 trajo, en lo fundamental, a trabajadores del Caribe. Curiosamente, se implementó cuando los antillanos fueron explícitamente excluidos de inmigrar con la aprobación de la Ley de Inmigración y Nacionalidad de 1952. Esta ley aclaraba que los residentes de las colo-nias británicas no serían elegibles como inmigrantes dentro de las cuotas asignadas a Gran Bretaña. Se trataba de una inquietante recapitulación del fundamento de la esclavitud: queremos que las personas negras vengan aquí a trabajar, pero no las consideraremos ciudadanos potenciales. La Operación Wetback (Espaldas Mojadas) de 1954, que deportó a más de un millón de mexicanos, constituye otro ejemplo de la doble moral de las actitudes estadounidenses respecto a los mexicanos. Coincidía con el Programa Bracero, que traía al país a unos 200,000 mexicanos anualmente como trabajadores temporales. Las deportaciones implicaban una baja en la cantidad de trabajadores disponibles para el sector agrícola; por eso se aumentó el reclutamiento de braceros a unos 300,000 en 1954, y entre 400,000 y 450,000 durante los años siguientes.

Las deportaciones y el reclutamiento apuntaban al mismo objetivo: proveer trabajadores, pero asegurarse de que mantuvieran su estatus de "extranjeros" sin derechos. Y reforzaron la noción de que los ciudadanos y las personas con derechos son personas blancas.

La Operación Wetback ocurrió el mismo año en que el fallo Brown v. Board of Education marcara el resurgimiento del movimiento a favor de los derechos de los negros, un concepto experimentado durante la Reconstrucción pero apagado durante varias generaciones. Como en el pasado, la expansión vacilante de los derechos para algunas personas fue acompañada de la represión simultánea, confrimando una vez más que el concepto de derechos era exclusivo de unos pocos.

En 1964, cuando finalizó el programa Bracero (utilizado mayormente en el sudoeste) no se evaporó la demanda de trabajadores temporales a quienes se les pudiera pagar bajos salarios y explotar. De hecho, la demanda se estaba incrementando debido a los cambios estructurales en la economía antes descritos. Durante los veinte y dos años que duró, más de 5 millones de trabajadores mexicanos fueron traídos al país. Ahora hacía falta un nuevo sistema para satisfacer esta demanda: trabajadores considerados "ilegales".

Habían estado cruzando la frontera legalmente durante décadas para trabajar en el sector agrícola. Sus empleadores aún los reclutaban y necesitaban de su trabajo. Pero de un momento a otro, perdieron incluso los escasos derechos que ofrecía el Programa Bracero. De pronto, eran "ilegales". Daba la impresión de que los Estados Unidos no podían aceptar la presencia de trabajadores mexicanos importados, pero tampoco podían sobrevivir sin ellos.

El movimiento por los derechos civiles de las personas negras, que restablecía o extendía algunos derechos a los negros, creaba también un malestar nacional hacia el programa de trabajadores temporales. Pero estos movimientos no iban más allá de los derechos de las personas categorizadas como "legales". Los negocios del sector agrícola podían aceptar los derechos civiles para algunos siempre y cuando se les continuara asegurando una fuerza laboral sin derechos. La AFL-CIO e incluso durante un tiempo la Asociación Nacional de Trabajadores del Campo (United Farm Workers) de César Chávez siguieron esta política. En la medida en que la opinión popular aceptara la división entre "legal" e "ilegal", las estructuras de desigualdad social --y los beneficios que traía para algunos-- podrían continuar.

A principios de la década de los 90, el número de trabajadores traídos por el H-2 se incrementó bruscamente y hubo un reemplazo de caribeños por mexicanos. Hacia 1999, el 96% de los trabajadores del Programa H-2 eran mexicanos.19 Como siempre, los programas de reclutamiento iniciaron un torrente de migrantes: precisamente los tres estados que traían gran cantidad de trabajadores temporales de México en los años 90, comenzaron a notar un incremento en su migración permanente en el 2000. Hacia el 2004, esos tres estados tenían entre 200 mil y 300 mil inmigrantes indocumentados. Entre 1980 y 1990, la población nacida en el extranjero incrementó del 1.3 al 1.7% en Carolina del Norte; del 1.7 al 2.7% en Georgia y del 3.3 al un 5% en Virginia.21 Hacia el 2003, los nacidos en el extranjero habían alcanzado el 6.2% en Carolina del Norte, el 7.9% en Georgia y el 9.2% en Virginia.22 Hacia el 2009, las proporciones eran del 7.1% en Carolina del Norte, el 9.4% en Georgia y el 10.2% en Virginia. Estos estados estaban clasificados en el puesto número 14, 9 y 11, respectivamente, en cantidad de inmigrantes por estado.

Los inmigrantes de hoy, entonces, son los herederos de una larga historia de inmigración y expansión que ha incorporado a personas a la población de maneras distinguidamente desiguales. Los actuales inmigrantes son aún inmigrantes, como los europeos de hace un siglo. Pero también son asiáticos y latinos, cuya historia en los Estados Unidos ha sido de exclusión y conquista. Ambas historias entrelazadas estructuran las formas en que los inmigrantes son tratados y recibidos por la sociedad estadounidense hoy en día.

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